-Sobre por qué ligar hoy en día es una pesadilla-

miguelballarin:

Como hombre soltero de 22 años podría decirse que estoy viviendo en la cresta de la ola de la cultura del ligue moderna, perfeccionando el arte de hacer como si me interesaran las conversaciones más estúpidas que he tenido en mi vida, calculando la respuesta perfecta a un mensaje que me haga parecer receptivo pero no demasiado, sin ser distante pero sin agobiar tampoco, o desarrollando una habilidad inusitada para juzgar en 5 segundos a la gente según su foto de perfil o sus dos últimas publicaciones de facebook (mis amigos que a día de hoy siguen usando Tinder han bajado esa marca a la mitad o menos). Ese es el mundo en el que me toca vivir y como nota al pie os diré que es una mierda.

Quizá porque se me da peor de lo que debería fingir que me importa lo que no o quizá porque saber que no hay (al menos para mí, ahora, aquí) alternativa mejor a todo eso hace las veces de una extorsión capaz de obligarme a aguantar las situaciones más predecibles y frívolas que el peor columnista de una revista de papel cuché podría soñar. Eso y que la inmensa mayoría de las veces acabo quedándome bailando, leyendo o escribiendo porque literalmente no me compensa. Y tal. Así me va. O quizá es porque la escena moderna para conocer gente está realmente jodida. Que también. Seguramente sea una suma de todo eso pero, por no hablar de mí, que a quién le importa, hablemos de lo último.

Cuando estaba en una relación oía a todo el mundo quejarse de estar soltero. Historias de amigos, artículos de Internet (y sorprendentemente no sólo en Vice), cualquier programa popular de la televisión. Está por todas partes. El caso es que no hacía falta dejarlo con nadie para saber muy bien cómo está de mal el percal. Todo es tan jodidamente complicado. Nadie te ofrece una cita como tal: simplemente “quedáis” para que puedas pasarte los 4 días siguientes en los que se supone que debes estar ignorando completamente a la otra persona preguntándote qué quería decir exactamente con eso de quedar.

Da igual que fuerais al cine, que cenarais en un sitio malo o bueno, que follarais en el coche o que viajarais a Paris a emborracharos de vino en la Torre Eiffel bajo la luz de la luna. No te equivoques: sólo habéis quedado. Asi, de risas. Sin rallarse. No sabes qué estará pensando la otra persona, qué significó para ella el polvo en el coche o la cena -con velas o sin ellas- ni si siquiera ha vuelto a pensar en ti, pero no desesperes, que yo tengo la solución: simplemente pregúntaselo. Ah espera, que no puedes hacer eso. Jajaja. Y te voy a decir por qué.

No sé si es causa de la sobreexposición de nuestra vida en general y de nuestra privacidad más en general todavía, pero la realidad es que todo el mundo ha confeccionado un personaje con el grado suficiente de divertido cinismo y sarcasmo ingenioso como para no mostrar ningún sentimiento genuino y me huelo por propia experiencia que para ni tan siquiera llegar a sentirlo. Si alguien se enfada contigo no te va a llamar para hablarlo personalmente, lo más a lo que puedes aspirar es a una respuesta pasivo-agresiva por Whatsapp aproximadamente entre tres horas y dos días después de que haya leido tu mensaje, eso o un tweet/post/foto/estado sospechosamente artístico lanzándote un dardo silencioso al cuello; pero más te valdría no darte por aludido y ser tan canelo de comentárselo directamente porque estarás siendo un paranoico egocéntrico y ella no confesaría ni bajo tortura que eso iba dirigido a ti. Su vida no gira en torno a un capullo como tú ¿verdad? Das pena y acabas de demostrarlo. ¡Suma y sigue!

Si te gusta alguien, no seas tan tonto de decírselo; mejor actúa con el suficiente interés como para que sea el otro el que se anime a dar algún paso, pero no muestres más de la cuenta o se asustará y tú quedarás como una persona con alguna inestabilidad mental y una infancia complicada. Espera ¿no te gusta este jueguecito? Jaja, pues jódete. Si no juegas según las reglas pierdes, y si pierdes acabas solo (ya lo estabas) ahogándote en tu propia inseguridad y preguntándote qué has hecho mal.

No intentes quedar dos días seguidos. Si la última vez tú escribiste primero, tienes que esperar a que ahora te escriba a ti. No le escribas dos veces si no te contesta. No asumas nada, por mucho tiempo que paséis juntos o mucho sexo que tengáis. Nada. Pero tampoco hables de ello. Si se te ocurre hacerlo hazlo de tal manera que puedas hacer como que te parece bien cualquier respuesta que el otro te vaya a dar, incluso si evidentemente no es así. Todo se hace por mensajes. Lo de llamar a la otra persona para tener una conversación entra en el saco de estás-puto-loco, así que de alguna manera es más sano esperar con una ansiedad entre considerable e infinita una respuesta que más de la mitad de las veces no llega nunca.

Todo está calculado para parecer desinteresado y casual, improvisado, y es uno de los juegos más cansados a los que alguna vez he tenido que jugar. Me podría sacar otro puto máster con la cantidad de tiempo y energías que me exige pensar si la otra persona siente algo por mí o si es pura fachada: y eso dura lo que tarde en darme cuenta de que lo segundo. Si te gusta alguien, quieres pasar más tiempo con esa persona. ¿No? ¿Ya está? ¿Así de simple? Amigo, eso tiene que ser o muchísimo más complicado o, directamente, no ser. Si le hablo mucho, agobio, si siempre estoy disponible cuando quiere quedar, soy dependiente o no tengo vida. Si ella tarda 5 horas en responderme un mensaje y tengo el móvil en la mano cuando lo hace, tengo que esperar obligatoriamente para contestar no se vaya a pensar que soy un desesperado.

Si te gusta hablar con alguien olvídate de llamarla o saldrá corriendo. Sobre lo de verse en persona, dejo que lo deduzcas. ¿Sabes esa sensación cuando DE VERDAD te interesa saber estupideces de la otra persona, como qué música escucha o a qué país le gustaría viajar? Pues mejor vete olvidando; la mejor manera de llegar a saber nada de ella es preguntarle como mucho que qué tal está, porque un “cómo ha ido el finde” equivale poco más o menos a arrodillarte anillo en mano. Si demuestro que no me interesa la conversación, soy un pedante. Si no quiero quedar cuando ella sí, un orgulloso, y lo pagaré caro cuando yo sí quiera. Si finalmente ella muestra interés, canto en los dientes, y más me vale no echarle en cara la cantidad de gilipolleces por las que hemos tenido que pasar hasta ese punto o, lo has adivinado, seré un miserable. El caso es que de un modo u otro se acaba la película.

Es como si la famosa frase de Clausewitz tuviera razón, sólo que no es la política sino el amor lo que es la continuación de la guerra por otros medios. Jajaja amor digo, hay que ser imbécil. Me refiero a la apatía meticulosamente controlada con la que sustituímos a la sinceridad para conseguir la atención de alguien. Me recuerda a ese viejo dicho capitalista sobre que en cualquier relación o intercambio la persona menos interesada en que se produzca es la que tiene la última palabra. El caso es que no hay atleta olímpico que soporte este esfuerzo por mantener el control sobre una relación que ninguno de los dos tiene derecho a definir si quieren que siga existiendo.

Se me ocurre, claro, que también podríamos respetar al otro lo suficiente como para decirle la verdad. Si alguien te hace feliz, díselo. Si alguien no te interesa, te agobia o se está creyendo lo que no es, no seas tan jodidamente narcisista de no hacérselo saber también. No ignores a la gente hasta que desaparezca. Ya sería hora de madurar en lugar de dejar colgada a la gente en frases encriptadas de tus redes sociales o mensajes sin responder. Todos somos personas y las estamos pasando igual de putas para intentar entendernos los unos a los otros en este mundo de relaciones que directamente no vamos a terminar de entender nunca así que dejad de tomaros a los otros seres humanos como retos que superar o trofeos que colgar en el salón y sé honesto con los demás acerca de cómo te sientes pero sin acabar tan perdido en este juego psicópata que acabes olvidándote de tener ese mismo respeto también por ti.

Vamos, digo.