SPM

Te toman por el pito del sereno, te dicen que no digas esas cosas, te dicen que no sabes cómo te pones cuando sabes perfectamente cómo te pones.

Sabes que no necesitas antidepresivos porque, aunque sientas que tu vida no tiene sentido, realmente no tienes gran cosa de qué quejarte; puede incluso que seas muy consciente de que aparte de lo que estás sintiendo, todo va bastante bien.

Seguramente también sepas que todo tiene una explicación muy científica muy sencilla y probablemente también un tratamiento muy científico, simple y quizás nada caro.

Pero resulta que para los médicos a los que acudes estás sanísima; que para qué hacerte pruebas de nada si lo único que te duele es el alma cada X tiempo (además de acné, hinchazón general, ansiedad, trastornos de la alimentación…). Pero no puede gastarse el dinero público para pruebas de cosas “que realmente no afectan a tu calidad de vida” (¿evitar salir a la calle por sentirme fea, pensar en el suicidio y llorar durante horas no afectan a mi calidad de vida?).

Quizás tengas “suerte” y sufras horribles migrañas o dolor de ovarios, pero a lo mejor estás gafada, como yo, y lo único que te duele físicamente de verdad son las mamas hasta el punto de que te molesta andar y todo. “Pero es normal”, te dicen.

Todo sigue un patrón. Ocurre con asombrosa regularidad. Unos días después te viene la regla y consigues tener algunos días de paz (si tener un pastel de cereza pegado al pubis puede considerarse paz). Hasta te hace sentirte más tranquila darte cuenta de que no estás loca, como te hacen creer, sino que lo más probable es que estés sufriendo varios de los innumerables síntomas del síndrome premenstrual (SPM).

Yo llevo con el asunto muchos años: en algunas épocas con más intensidad que en otras. Probablemente sea la principal causa de mis trastornos de alimentación; posiblemente fuese lo que me hizo elegir las compañías que elegí en su momento y seguramente contribuyó a que se rompieran algunas de esas relaciones (en ciertos casos fue un mal que vino muy bien).

Es más que probablemente la principal y única causa por la que me siento tan sola. Pero tardé mucho tiempo en darme cuenta de lo que era. Para lo único que me ha servido todo este tiempo de incertidumbre es para darme cuenta de que no soy suicida, porque de serlo ya me habría suicidado varias veces.

El día en el que caes de la burra y das con la explicación es casi glorioso: crees que un científico, un profesional de la medicina, alguien con estudios superiores y mente abierta te comprenderá, te ayudará y ayudará a la armonía del universo al darte una solución. Porque ya has intentado hablarlo con gente en la que creías que podías confiar, pero lo único que haces cuando les comentas lo que te pasa es acojonarlos y que te miren aún más raro que antes.

Lo peor de todo es que te oyes a ti misma y te pasa lo mismo.

Pero no. Esos entes superiores con formación científica para ayudar al enfermo también te fallan. Es más fácil insinuarte que estás como una regadera, que no están para hipocondrías (cosa que comparto, pero si me conocieran un poco sabrían que yo no estaría ahí si no estuviese ya hartita de verdad de todo lo que me pasa) y que vayas al psicólogo/psiquiatra, que te cobrará 50 EUR por hacerte llorar y poco más. A no ser que tengas verdadera mala suerte y acabes con psicofármacos.

Al final acabas resignada, o no tanto. Algún colega, casi amigo de verdad, sabe de lo que hablas; te dice que no te rindas y que sigas intentándolo. A lo mejor algún dermatólogo (público o privado), al que le consultas lo de tu maldito acné “juvenil” (que sigues teniendo aunque en algunos países y culturas ya tengas edad de matrona respetable), te da la clave. Nunca se sabe.

Nos pasa a muchas. A casi todas. Me parece increíble que a estas alturas de la historia de la humanidad no abordemos todos mejor el asunto. Pero eso: es más fácil hacernos creer que estamos taradas; que “es normal”.

¿Me pregunto si yo misma sería tan comprensiva en esos pocos días de “paz” con alguien que escribe todo lo que acabo de soltar yo ahora?

Seguro que pasado mañana lo releo todo otra vez, resoplo y me entran ganas de borrarlo. Pero no lo haré porque, o bien cambian mucho las tornas, o sé que volveré a sentir lo mismo al cabo de unos días.

Me despido por ahora, que tengo que conseguir chocolate (aunque sé bien que lo único que eso hará será meterme en un círculo vicioso; pero no es plan tenerme cabreada sin un chute de algo cuando estoy así…).